Por Duarte Correa Piñeiro

La guerra no empezó el 24 de febrero, la guerra intermitente en Ucrania empezó hace tiempo.

Allá por 1991 el grupo musical Os Resentidos cantaban aquello de “estamos en guerra…hai que reflexionar”, y  creo que no es necesaria una nueva guerra para que reflexionemos sobre hacia donde se dirige el mundo; pero compruebo con profunda preocupación que la guerra en Ucrania lleva a muchas personas a hacer todo lo contrario a reflexionar. En los últimos días he recibido fuertes críticas y también algún insulto, por mantener una posición al respecto del conflicto diametralmente opuesto a lo que la propaganda mediática impone; supongo que es el coste que debe asumir uno cuando se empeña en reflexionar para encontrar una explicación a los hechos, y lo asumo pues siempre tuve claro que no es bueno ser rebaño. Pero ver como muchas personas, a las que se les supone capacidad para construir un pensamiento crítico, funcionan en base a simples eslóganes da miedo.
ANTECEDENTES

Putin tomó la decisión de atacar Ucrania, hecho condenable, pues significa sufrimiento, muerte y destrucción. Pero la actual guerra de Ucrania no empezó el 24 de febrero; esta guerra intermitente empezó hace mucho tiempo. De ser necesario poner una fecha, diría que empezó en 2013, cuando el presidente Viktor Yanukovich tomaba la decisión de adiar la firma del acuerdo de asociación comercial entre Ucrania y la Unión Europea. Aquella decisión de Yanukovich supuso una frenada en seco en el exitoso avance de los EUA hacia el este de Europa. Un avance seguido con entusiasmo por la práctica totalidad de sus aliados de la UE; unos aliados que aplaudieron pocos meses después, el golpe de estado contra el legítimo presidente ucraniano en aquella revolución de colores llamada Euromaidan. Quien hoy habla de gobierno democrático en Ucrania, está claro que no se lo preguntan a las personas quemadas en la Casa de los Sindicatos de Odessa, ni al ilegalizado Partido Comunista Ucraniano.

Si nombro a Yulia Marushevska poca gente sabrá de buenas a primeras de quien estoy hablando, pero buscando en internet ese nombre aparecerá un vídeo en inglés bajo el título “I Am a Ukrainian”, que recordaremos perfectamente por el impacto que tuvo. Vídeo con una edición muy profesional, en el que la protagonista era una bella mujer ucraniana, aparentemente desesperada por la situación de su país; todo con una puesta en escena tan estudiada que nos admirábamos de como en circunstancias tan duras era quien de mantener la compostura ante la cámara. Yulia Marushevska en aquel vídeo hacía un llamamiento al mundo, para defender Ucrania frente al peligro de caer en una dictadura como la de la Unión Soviética. Era febrero de 2014, era el Euromaidan, era propaganda empleada en la guerra psicológica, con muchos medios detrás y por tanto muy costosa; propaganda que buscaba conseguir una marea de apoyos a nivel internacional, para una supuesta revolución popular que en realidad no era más que un nuevo golpe de estado propiciado por occidente.

Semanas después vinieron Crimea y el Dombás, con la proclamación de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk; y después el Protocolo de Minsk, un protocolo incumplido por Kiev, que desde 2015 ha bombardeado en múltiples ocasiones la zona, ante las protestas de Rusia y la pasividad del resto del mundo.

Han pasado siete años, siete años regados con sangre de más de 14.000 personas; 14.000 cadáveres, con nombres y apellidos. La mayoría de esas muertes han sido provocadas por el ejército ucraniano y las unidades paramilitares de ideología nazi que actúan a plena luz del día; y todas esas muertes se han producido antes del 24 de febrero de 2022. Eran muertes como las de Yemen hace seis días, como las del Sáhara el pasado noviembre, o como las que riegan Palestina cada mes. Pero ya sabemos que en el capitalismo el mercado pone la ley, hay muertes que cotizan al alza y muertes que cotizan a la baja, o ni siquiera cotizan. Y el mercado ha decidido que las muertes en Ucrania coticen al alza desde ahora, las de antes no cuentan.

PROPAGANDA PARA OCULTAR LOS VERDADEROS INTERESES

Los EUA, la OTAN y la Unión Europea no defienden ni la democracia ni el derecho del pueblo ucraniano frente al sátrapa ruso; ese argumento es un simple elemento decorativo, pues de defender la democracia no tendrían ejecutado unos y apoyado  otros el Euromaidan, y no llevarían años echando leña a un fuego encendido y cada vez más vivo.
También son elementos decorativos las referencias de Putin en su discurso del 24 de febrero a la Gran Guerra Patria, o a que su acción militar es exclusivamente una respuesta a las peticiones de ayuda de las repúblicas populares del Donbás; hay algo más.
Decía el teórico de ciencia militar Carl Von Clausewitz que la guerra es la continuación de la política por otros medios, pero si creemos en la capacidad del ser humano para el diálogo y en la capacidad de los pueblos para la convivencia, no podemos asumir esto como inevitable. Debemos mantener el NO A LA GUERRA, como grito que vaya más allá de los períodos en los que los medios de comunicación enseñan la sangre y la destrucción; pues esa sangre y destrucción son solo dos consecuencias de las guerras, y para acabar con ellas hay que ir a las verdaderas causas.

Hay personas que llevadas por una fantasía infantil considera que buscar las causas es poner un pero o una excusa; y piensan que con una simple pastilla en forma de acción en la red social o de manifestación puntual en las calles, pueden solucionarse los problemas. Pero en cualquier enfermedad tratar solo los síntomas sin ir a las causas, es un alivio temporal que no impide que el cáncer se extienda.

Desde hace treinta años los EUA y la OTAN, con la complicidad de la UE, han actuado en distintas áreas del planeta, pero especialmente en el este de Europa, con el objetivo de garantizar su superioridad y mantener el mundo unipolar surgido después de la caída de la URSS. En este tiempo, y sobre todo en el actual siglo, ha habido diversas tentativas para crear contrapesos a ese dominio, contrapesos que no buscaban una homogeneidad en cuanto a modelos políticos o económicos, sino una coincidencia en criterios que deberían definir las relaciones internacionales: multipolarismo, ausencia de hegemonías y cooperación entre países, destacando los BRICs que tuvieron un cierto papel durante unos años. Paralelamente se han producido cambios muy importantes en la definición de la política exterior de Rusia y de China, y sobre todo en el peso de esta última en la economía y en el comercio mundial.

Los acontecimientos en el este de Europa y la guerra de Ucrania, no podemos verlos como un simple problema de vecindad; y no estamos tampoco ante una nueva guerra fría, en la que se enfrentan dos modelos políticos antagónicos como nos quiere hacer ver la propaganda. Rusia es un estado capitalista y Putin un claro defensor de ese sistema, pero por primera vez en treinta años un estado con capacidad nuclear no acata las órdenes y decide enfrentarse directamente a la OTAN y EUA. Esto nos lleva a una situación de peligro, pero no olvidemos que las autoridades rusas venían avisando desde hace meses de que la OTAN no podía seguir armando a Ucrania, al considerarlo un peligro real para su seguridad; y el 15 de diciembre Rusia entregó a los EUA una propuesta de diálogo entre ambos estados, pero recibió como única respuesta el aumento de la presión militar y política y la amenaza de sanciones.

Estamos ante un intento de redefinir las relaciones entre estados y zonas de influencia y ahí encontramos intereses geopolíticos enfrentados, los EUA que mantienen aún la hegemonía mundial no aceptan ningún cambio, y llevan tiempo tensando la cuerda, con la idea de que solo hay dos posibles desenlaces, ambos positivos para sus intereses. En el caso de que Rusia dé marcha atrás, la figura de Putin sale debilitada al amenazar pero no actuar; y en el caso de producirse una guerra localizada y controlada, la inestabilidad en la zona además de empantanar a Rusia tendrá consecuencias negativas para su aliado estratégico, China. Tanto en un caso como en otro los EUA mejorarían su posición frente a la UE, recuperándose del foso provocado por los cuatro años de Trump. Además, un contexto de inestabilidad permanente en el este de Europa supondría un aumento de negocio directo para el complejo militar-industrial de los EUA, y también indirecto al permitir la administración norteamericana avanzar en su objetivo, de que el resto de estados de la OTAN aumenten de forma considerable sus gastos en armamento.

En el conflicto existe otro elemento central del que poco se habla; de mantenerse los actuales niveles de enfrentamiento, se paralizaría la construcción del NordStream2, gasoducto que de estar acabado permitiría a Rusia abastecer de gas a los países de la UE sin tener que seguir pagando millones de dólares por usar territorio ucraniano en el transporte. No acabar el nuevo gasoducto o reducir las ventas es problemático tanto para Rusia como para la Unión Europea, pues la UE importa de Rusia el 40% del gas que consume y se calcula que esas importaciones suponen más del 70% del gas que vende Rusia. De darse esa situación estaríamos ante un nuevo beneficio para los EUA, que en los últimos años ha avanzado importantes posiciones en el comercio del gas licuado, pues pasaría a tener en la Unión Europea su mayor mercado.

LA PRESIÓN RUSA

Rusia decidió que llegó el momento de forzar para que el mundo cambie, y cambie la arquitectura que sustenta las actuales relaciones internacionales, pudiendo así asumir uno de los papeles protagonistas y garantizar su propia seguridad. Putin nunca ocultó que ese es uno de sus objetivos, y lo considera la única forma posible de impedir un avance de la OTAN que está a punto de completar el círculo. Con el ataque a Ucrania busca dar un golpe de mano, con una operación rápida que obligue a negociar y obtener el compromiso de no ampliación de la OTAN hacia el este y por tanto de no entrada de Ucrania. A la hora de ejecutar esa medida de fuerza está claro que Putin tiene muy presentes los incumplimientos que hubo con Gorvachov.

Desconocemos como va a evolucionar el conflicto y, en el domingo que acabo este artículo, parece que la cosa va a ser más larga y compleja de lo que calculaba Putin; pero reducir todo a un enfrentamiento entre buenos y malos en base a análisis simplistas, solo sirve para esconder los intereses que hay detrás, intereses que una vez más tienen como campo de juego y como balón en el que golpear al pueblo, ya sea el ucraniano, el de las repúblicas populares del Dombás o el ruso.

Hoy más que nunca, debemos seguir gritando NO A LA GUERRA, exigiendo el fin de los combates y de toda injerencia externa, apostando por la resolución pacífica de cualquier conflicto, no solo en el este de Europa, sino en el conjunto del planeta. Una resolución pacífica de los conflictos, que debe partir del respeto a la soberanía de todos los pueblos y de la defensa de la paz; y en el caso que nos ocupa debe partir del definido en Minsk, para buscar una salida al conflicto entre Rusia, Ucrania y las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.

Publicado originalmente en Galiza en el la revista digital Terra e Tempo, el 2 de marzo de 2022 (http://www.terraetempo.gal/artigo.php?artigo=5986&seccion=4)

Fuente: Comunistes de Catalunya via Solidnet