Por Guillermo Pérez La Rotta

Francia Márquez hoy razona desde una existencia que le enseñó a ser libre, desde la defensa de la vida en su pueblo, cuando luchó contra la minería que envenenaba el agua del río de su comunidad.

Razona desde la búsqueda de la justicia social, porque en su existencia sufrió injusticias ancestrales. Razona en conjunto con una acción social y política que le ha llevado al lugar que ocupa hoy en la sociedad colombiana: ser candidata a la vicepresidencia. Honor que ella no deseaba. Pero dicho lugar se coronó porque obtuvo una importante votación en la consulta del Pacto Histórico, como resultado de un reconocimiento de votantes que vieron en ella diferentes virtudes.

Creo que para ella esa confrontación con diferentes aspirantes a la presidencia la engrandeció aún más, por su sinceridad, y desde las convicciones que planteaba frente a sus contrincantes, a quienes dirigía sus opiniones con franqueza, mostrando con sencillez las viejas discriminaciones de este país.

Un reportaje sobre su vida fue realizado hace unos pocos años por el canal de televisión alemán (titulado “Fuerza Latina”), y para quien no sepa nada acerca de Francia, dicho reportaje puede ser una oportunidad para conocer un rastro significativo de su vida. Esa narración nos remite a la historia reciente pero también a la historia pasada. Y al apreciarla como testimonio se constata que es necesario seguir conociendo nuestra historia. Pues la esclavitud que tanta riqueza produjo a España y luego al capitalismo de las potencias europeas durante el siglo XIX, fue una institución que ha dejado sus fuertes huellas en nuestra sociedad.

Una de esas huellas es el racismo estructural que todavía existe en Colombia. Como un imaginario de larga duración que se recrea ideológicamente en la mente de muchas personas de esta nación. A lo cual se suma, la ignorancia y el maltrato que se expande por las redes sociales.

Entonces la comparan con King Kong, o la califican, o más bien, la ejecutan, bajo un juicio sobre belleza equiparable a los estratos sociales. Claro. ¡La belleza! Ese valor tan relativo, y a su vez tan representativo en los medios masivos, utilizable para hacer juicios morales, como el de la periodista que lo emitió en un programa radial.

¿Qué le habrán enseñado a ella en la academia? Porque la academia también reproduce el racismo. Lo mismo podría decirse del odio primario de la cantante que procuró humillar a la negra y encontró por respuesta un digno mensaje que aquella no puede comprender desde su condición espiritual tan primitiva, culturalmente hablando. Solo interesa su odio puro. Odio semejante el del presidente del senado, quien delirando matriculó a Francia en el Eln.

Parece entonces que a esas personas no les importa la historia y su cultivo con rigor. Otra señora, aquella que un día dijo que aquí no hubo masacre de las bananeras, hace poco afirmó en redes sociales que lo mejor sería que la negra se cambiara el nombre.

Claro, uno imagina la comparación entre la Francia europea de los blancos, la Francia que expolió a Martinicas y Guyanas por el azúcar, la Francia que colonizó el África occidental para bien de la esclavitud, la que reinventó la represión fascista en Argelia, todo ello, como una Francia incomparable con una mujer negra nacida en un pueblito del Cauca.

La Francia burguesa que decía al final del siglo XVIII, libertad, igualdad y fraternidad, y luego traicionó ese ideal, esa Francia no es comparable con esa negra parecida a King Kong. Pero recuerden que King Kong tenía un alma grande. Otra vez, el tema de la belleza, superado por la ética. A la señora que pidió el cambio de nombre le convendría leer el discurso sobre el colonialismo, escrito por el negro martinicano Aimé Césaire, para que descubra un poquito de humanismo. Aunque es muy posible que todo eso le resbale. Ella debe más bien admirar a la Francia fascista que hoy tiene nuevos rostros. Nosotros solo decimos por ahora: viva Francia. La negra.

Fuente: Partido Comunista Colombiano