El asesinato de George Floyd a manos de un policía de Minnesota, en un acto de brutalidad policial que ha podido ver todo el planeta, ha desencadenado una serie de protestas contra el racismo institucional en Estados Unidos como las que no se recordaban en décadas. Este asesinato no es sino la expresión última y más violenta de un sistema social profundamente desigual y racista, que hace que las personas afroamericanas ganasen en 2016 un 30 % menos que las personas blancas, un porcentaje mayor que hace cuarenta años, o que tengan más del triple de posibilidades de ir a la cárcel que las personas blancas. La respuesta policial a las manifestaciones ha sido, en la mayor parte de los casos, de gran violencia, lo que ha producido ya nuevas muertes y encendido todavía más los ánimos de los manifestantes y de buena parte del país.

Si bien algunos alcaldes y gobernadores han tratado de calmar los ánimos con declaraciones y respuestas más conciliadoras, Donald Trump ha decidido utilizar las protestas para polarizar la sociedad estadounidense con el objetivo de erigirse en protector de una minoría (blanca, de clase media-alta y supremacista) frente a la oposición política ahora en la calle. Para ello, ha anunciado la ilegalización del movimiento Antifa, el nombre que el antifascismo toma en Estados Unidos, en una acción dirigida a crear un enemigo interno que justifique la militarización y la excepcionalidad que pretende llevar a cabo.

Esta estrategia, abiertamente enfocada a las elecciones de noviembre y a oscurecer su nefasta gestión de la pandemia del coronavirus y los malos datos económicos, dio anoche un último giro de tuerca. En un discurso que se esperaba de apaciguamiento, Trump volvió a invocar una ley de 1807 para incidir en que está dispuesto a desplegar al Ejército estadounidense en los estados y ciudades que no repriman las protestas, aun en contra de la voluntad de sus autoridades.

Con esta respuesta, Donald Trump ha decidido jugarse la estabilidad democrática y social de Estados Unidos para alcanzar la reelección en noviembre. Con sus declaraciones y actos, abiertamente racistas y orientados a generar más tensión y violencia en la sociedad estadounidense, pretende generar un conflicto entre su base social, disciplinada por el miedo, y un enemigo interno que incluye a las personas de minorías raciales y los movimientos progresistas y por los derechos civiles que están protagonizando las movilizaciones.

Hemos denunciado, prácticamente desde su llegada al poder, que Donald Trump suponía un peligro para la democracia estadounidense y para la política internacional. Ahora mismo está haciendo con su pueblo lo que lleva tres años haciendo con el resto del planeta: amenazar, dividir y polarizar a quien en cada momento venía bien a sus intereses. No es casual que, en este ambiente internacional, se hayan multiplicado los hombres ultras como él (Bolsonaro en Brasil, Modi en la India o Duterte en Filipinas), quienes, a base de mentiras y miedo inducido, están acabando con el Estado de derecho y las bases de la democracia en sus países y amenazan con hacerlo en otros. Sin ir más lejos, en nuestro país, Santiago Abascal se ha apresurado a apoyar a Trump en esta clausura de la democracia.

Por eso, la comunidad internacional no puede quedarse mirando mientras deja hacer al presidente de Estados Unidos. Una vez más, han sido sus ciudadanos y la sociedad organizada quienes han salido a plantar cara, y seremos la ciudadanía y los pueblos del mundo quienes tendremos que salir a defender los límites. El antifascismo es una condición necesaria para la democracia. La lucha contra el racismo, el machismo y el clasismo que representan Donald Trump, Bolsonaro o Abascal es una necesidad histórica para todas las personas que aspiran a vivir en una sociedad decente y con derechos. Hoy en Estados Unidos, y en el futuro en cualquier otro lugar del mundo, Podemos estará siempre enfrente de «los Donald Trump» del planeta, de sus políticas y de lo que representan. Necesitamos defender la democracia, los derechos humanos, la igualdad entre hombres y mujeres, la justicia social y el planeta, que es nuestra casa común, como base para garantizar un proyecto con futuro. Nos va la vida en ello.

2 de junio de 2020

Fuente:

Podemos